BERNARDO, SIEMPRE LIGADO A PUEBLA

J.L. HERMIDA USCANGA

Platicar con Bernardo Calvo siempre fue un verdadero deleite.
Era un hombre sencillo, amable, buen amigo que siempre andaba con la sonrisa en los labios.
Lo conocía de nombre por su pasado con el Águila de Veracruz, pero ya empecé a saber más de él cuando ya más crecidito escuchaba los partidos por radio y sabía que se había mudado a los Rieleros de Aguascalientes.
Más tarde, sintonizaba los juegos de los Diablos y Tigres en la XEX, con las crónicas del “Rápido” Esquivel y “El Mago” Septién, y ahí ya surgía la figura del pelotero veracruzano, concretamente en 1977.
Fue inevitable seguirlo con los Cafeteros que, aunque no era mi favorito, era un privilegio escuchar la estación de radio de Cosamaloapan que, en la voz del “Mulato de Córdoba” Domingo Setién, transmitía los partidos del conjunto cordobés.
Con los Ángeles de Puebla lo seguí cuando visitaban a los Diablos, porque en esos tiempos era colorado a morir ya que mi paisano Ramón “Abulón” Hernández nos motivaba a seguir a los Escarlatas.
Cuando llegué a Puebla entablé una excelente amistad con mi paisano y amigo Chuchín Calvo, su primo hermano, y muchas veces platicamos sobre él.
El pasado de Bernardo estaba ligado a Puebla, donde llegó desde jovencito con su familia.
Como juvenil, Bernardo representó a Puebla en diferentes campeonatos nacionales y fue parte de la selección que, bajo el mando de Antonio “Chatín” Bravo conquistó el Campeonato Nacional de Mayores en 1962, que tuvo como sede el legendario estadio Ignacio Zaragoza.
En esa escuadra, Bernardo a punto de cumplir los 18 años alterno con peloteros de la talla de Luis Esma, Joel Viveros, Pedro Rodríguez, Roberto Ortiz, Mario Luna, José Luis “Huevo” Díaz, Guillermo y Salvador Bianchini, Cristóbal Torres, Bibiano Montiel, Alfonso Huertero, entre muchos más.
En su andar por el beisbol en su etapa amateur como refuerzo de La Voz de Puebla, un equipo que dirigía Raúl Teutli, redactor del desaparecido diario vespertino, y que marcó momentos históricos en la pelota poblana.
Y también fue parte del representativo de la Universidad, un equipo que escribió época al lado de grandes peloteros poblanos como Paco Castillo, Moi Castro, entre muchos más.
Bernardo prácticamente se hizo en Puebla, y esa actuación lo llevó a participar en la liga Metropolitana, que en esos tiempos era una de las más fuerte del país.
Allí fue invitado para ser parte de la selección nacional que representó a México en el Mundial celebrado en Cartagena, Colombia en 1963, donde tuvo una gran actuación lo que le valió ser firmado por los Astros de Houston, franquicia que apenas un año antes había debutado en la Gran Carpa.
En esa misma selección estaba su primo hermano Jesús Calvo, quien prefirió terminar su carrera de contador público, a pesar de las ofertas que le surgieron de Liga Mexicana.
Bernardo apareció en la sucursal de los Astros en 1965 en Cocoa Beach, Florida, donde se quedó en la antesala del equipo grande, pero un tal Joe Morgan -quien se inmortalizó más tarde con la Máquina Roja- que en esos tiempos se desempeñaba como segunda base del equipo texano le impidió llegar.
Fue en 1968 cuando a los 23 años decide regresar a su país para debutar en la Liga Mexicana de Verano con el Águila de Veracruz, donde jugó hasta 1974, pero se mantuvo con la misma franquicia que al año siguiente fue vendida a tierras hidrocálidas para convertirse en Rieleros de Aguascalientes.
Después jugó para Tigres, Córdoba y se retiró en 1979 como campeón con los Ángeles de Puebla, después de once campañas en el circuito de verano.
Bateador de líneas, principalmente entre derecho y central, siempre efectivo y cumplidor, así definen a Bernardo sus amigos de la juventud y compañeros en su época amateur y profesional.
Bernardo estaba a punto de cumplir 35 años, cuando agobiado por las lesiones tomó la decisión de decir adiós como pelotero activo, aunque siguió ligado a la pelota trabajando como cazatalentos de diversas organizaciones.
Lo conocía personalmente a mediados de los 80 cuando comencé el andar por el beisbol profesional, y coincidí con él en un campeonato nacional de mayores en el estadio de Sinaloa, donde acompañé a la selección de Puebla, allá por los 90.
Bernardo como buscador de los Bravos de León y se sentó en las tribunas para checar a la representación de Puebla, donde jugaba precisamente su hermano Sergio Calvo.
Lo acompañé y agobiados por el intenso calor de Sinaloa de Leyva, fue inevitable disfrutar de unas frías “Pacíficos”, mientras observábamos el encuentro.
Dos años después dirigió a los Cafeteros de Córdoba (1992) y al año siguiente con la mudanza del equipo a Puebla, se mantuvo al frente del timón de los Pericos de Puebla, donde se encontró como dueño a su gran amigo de la universidad, el contador Rafael Moreno Valle.
En ese 1993 fue un año difícil, pero fue un placer siempre compartir con él y con el tremendo Miguel “Pilo” Gaspar, con quien coincidió como jugador con el Águila y que era uno de sus brazos derechos en el cuerpo técnico.
Las anécdotas de “Pilo” le ponían sabor a la caseta y hacían más agradable ese complicado año.
Bernardo sólo dirigió esa temporada y ya fuera de Pericos buscó fortuna en otras organizaciones.
Al paso del tiempo, la vida le permitió volver a Puebla como coach de banca y coach de bateo de los Pericos de Puebla en esta nueva etapa y la más extensa del beisbol profesional en Puebla.
Llegó con Enrique Reyes allá por 2004 y se mantuvo con el cubano Armando Cabrera, Mako Oliveras y Gerardo Sánchez.
Como coach de bateo, Bernardo era un especialista, trabajador a más no poder, a tal grado que, cuando él cumplió con ese rol, el equipo siempre estuvo peleando en la parte alta en bateo colectivo.
Los problemas de salud, principalmente lesiones en la columna y en las rodillas los alejaron de los escenarios y se quedó en su natal Tlacotalpan, Veracruz, la tierra que lo vio nacer, para disfrutar al lado de su familia los años finales que Dios le concedió.
Este martes por la madrugada su reloj biológico se apagó, pero quienes lo conocimos, convivimos con él, lo recordaremos siempre con un enorme cariño, por su amistad, su don de gente y esta sonrisita de complicidad con la llegaba siempre a saludarte.
Hoy se fue Bernardo, pero siempre su recuerdo y su legado quedará presente entre sus amigos de la vida y el beisbol.
Para su familia, un enorme abrazo.