Ya retirado del beisbol, el gigantón receptor cubano, decidió convertirse en ampáyer donde escribió páginas gloriosas, y todo porque como jugador protestó un pitcheo al hombre de azul y le prometió que un día sería umpire y lo haría mejor que él
J.L. HERMIDA USCANGA/Fotos Archivo
Roberto “Musulungo” Herrera jugó solamente par de campañas con los Pericos de Puebla, pero fue más que suficiente para dejar huella entre los aficionados poblanos de aquella época de finales de los 60 que recuerdan con cariño al gigantón receptor cubano, que ya retirado del beisbol se convirtió en uno de los ampayers más brillantes en la pelota caribeña, incluyendo México, en uno de esos casos raros de la pelota profesional.
Roberto Herrera González como fue conocido en México o Roberto Gutiérrez González como aparece registrado en la enciclopedia oficial del beisbol, nació en La Habana, Cuba un 21 de abril de 1939, según las estadísticas oficiales del beisbol, y llegó a la pelota mexicana con los Broncos de Reynosa en 1965 con 26 años de edad.
Para ese entonces, “Musulungo”, que también llegó a jugar los jardines y la primera base, ya había recorrido un largo camino en el beisbol que comenzó profesionalmente a los 17 años, allá por 1956 en la Liga Estatal de la Florida con el equipo Gainesville, filial de los Cardenales de San Luis; además perteneció a otras organizaciones como Kansas, Minnesota, Baltimore, Mets y Senadores de Washington.
En total en ligas menores jugó once campañas, y después pasó por la pelota mexicana otras 10 temporadas.
Después de dos años con Reynosa, en 1968 llegó a los Pericos de Puebla con quienes se mantuvo las dos últimas campañas que permaneció la franquicia en la Angelópolis, y con la mudanza a Yucatán se convirtió en jugador de los Leones con quienes jugó hasta 1973.
En esas cuatro campañas con los Melenudos, su estancia más prolongada en un equipo de Liga Mexicana, consiguió sus mejores números, al batear por encima de .300 (.312, .318 y .327) y almacenar 66, 66 y 85 remolques en sus primeras tres temporadas.
Pasó a Tampico en 1974, y se despidió de Liga Mexicana y del beisbol en 1975 con los Mineros de Coahuila.
A la par hizo carrera en la pelota venezolana, y a su retiro decidió mantenerse en el beisbol como ampáyer, donde escribió páginas gloriosas, con su imponente más de 1.90 de estatura que se ganaba el respeto de cualquier jugador.
Como ampáyer trabajó en Venezuela, en México y en infinidad de Series del Caribe.
En México anduvo desde tiempo después de su retiro hasta finales de los 80.
Allá por 1986 lo saludamos en el parque Hermanos Serdán y fue imposible guardarse la pregunta. Oiga “Musulungo” ¿Por qué se convirtió usted en ampáyer después de retirarse como beisbolista activo?
Y gentilmente nos confesó. “Mira chico, cuando era jugador y estaba como receptor, protesté muchas veces los pitcheos a los ampayers. Entonces, un día molesto con uno de ellos, que en verdad era muy malito, le dije: cuando me retiré del beisbol me voy a convertir en umpire, y te juro que seré mejor que tú.
“Y así fue, dijo “Musulungo”, lo cumplí y he sido mucho mejor que él”.
Lógicamente, se guardó el nombre de ese ampáyer.
Sus dos campañas con los Pericos (1968, 1969), además de la seguridad defensiva detrás del plato, fueron exitosas, ya que bateó para .318 y .341, rebasó los 130 imparables en cada una de ellas (132, 136) y terminó empalmando 13 y 25 cuadrangulares. Además, en ese 1969 remolcó 88 carreras, en una franquicia donde alternó con grandes peloteros como el inolvidable Teolindo, Acosta, Ronnie Camacho, Pepe Garibay, Alfredo Mariscal, Luis Meré, Lázaro Uscanga, Román Ramos, entre muchos más.
Tanto en jonrones como en producidas lo que consiguió en 1969 con los Pericos, fueron su número máximo en la pelota mexicana y donde en 10 temporadas acumuló 1,086 partidos, disparó 1,013 imparables, con 111 vuelacercas y 588 impulsadas.
Cuentan que, en Puebla, “Musulungo” era un verdadero ídolo, por todo lo que mostraba dentro del terreno y las inolvidables vivencias fuera de él.
“Era un espectáculo aparte”, recuerda uno de los aficionados poblanos que lo fue a ver infinidad de veces en el estadio Zaragoza, sede de los Pericos, durante las temporadas de 1968 y 1969.
Aunque, “Musulungo” se quedó con la ilusión de jugar en la Gran Carpa, su hijo Ricky Gutiérrez, nacido en La Florida en 1970 y que se desempeñó como parador en corto, segunda y tercera base, cumplió ese sueño al jugar 12 temporadas -entre 1993 y 2004- en las Grandes Ligas con organizaciones como San Diego (2), Houston (5), Cachorros de Chicago (2), Cleveland (2), Mets y Boston (1), con quienes compartió su campaña de retiro en 2004.
“Musulungo” falleció el 27 de diciembre de 2018 a los 79 años de edad, dejando un enorme legado, quizá siendo el único beisbolista profesional que un día por dignidad y orgullo propio decidió cambiar los arreos de receptor por los arreos de ampáyer para seguir escribiendo páginas brillantes dentro del deporte de sus amores.
Y sí, esos dos años bastaron para dejar huella en Puebla, pero en sí lo hizo en todos los diamantes donde se paró a lo largo de su brillante carrera, por su entrega para jugar al beisbol, su buen humor y su estilo dicharachero, como todo buen cubano.





