Honor a Quien Honor Merece: La Serie Mundial que nunca se olvida, el regreso de Detroit en 1968
Por Manuel Cano/Colaboración especial/Foto cortesìa MLB
PUEBLA.- La historia de una serie que aún enseña a creer, incluso en la derrota. Luego de la penosa eliminación de nuestros queridos y legendarios Pericos ante la inmisericorde hecatombe desencadenada por los sorprendentes Olmecas de Tabasco, tan pronto como el equipo poblano quedó prácticamente en la lona —con una desventaja de un juego ganado y tres perdidos—, de la barrida de los Dodgers a manos de los Cerveceros de Milwaukee que van contra Tampa Bay Rays en pos ambos de su primer anillo de Serie Mundial, no pude evitar evocar aquella gloriosa Serie Mundial de 1968.
Los Tigres de Detroit de 1968 vivieron una situación semejante ante los poderosos Cardenales de San Luis. Fue, en verdad, una de las Series Mundiales más recordadas en la historia de las Ligas Mayores, sobre todo porque ningún equipo había remontado una desventaja tan adversa. ¡Detroit lo hizo! A pesar de haber perdido el primer juego en San Luis —superando la muralla que representaba el pitcher inicialista de los Cardenales, Denny McLain, quien ese año logró la hazaña de ganar 31 juegos, proeza que no se ha repetido—, al día siguiente Mickey Lolich (N. Portland, Oregón, 12 de septiembre de 1940 – 4 de febrero de 2026), con marca de 17–9 en la temporada, se encargó de emparejar la serie y de encender la esperanza en el desaparecido Tiger Stadium.
Pero en la “Ciudad de los Motores” las cosas no salieron bien. Detroit ganó solo uno de los tres juegos disputados en casa. Así, los Tigres regresaban a San Luis prácticamente para recibir el tiro de gracia. Nadie esperaba que el amado equipo de Michigan pudiera remontar una ventaja tan abismal de un triunfo contra tres descalabros.
El mundo de las apuestas en Las Vegas se colapsó cuando el aguerrido equipo felino, con todas las rayas despintadas, ganó los dos enfrentamientos en el regreso a San Luis gracias a los brazos de Denny McLain y Mickey Lolich, para conquistar el trofeo que coronaba al campeón absoluto de ambas ligas.
Esa evocación me hizo abrigar la esperanza de que nuestros Pericos —que habían dado tantas muestras de poder tanto en el bateo como en su cuerpo de inicialistas y relevistas— pudieran lograr algo semejante
Pero ni modo: los Pericos, inesperados verdugos de los poderosos Diablos Rojos, se dieron el lujo de perder cuatro juegos en fila. Lo más doloroso es que los últimos tres los perdieron ante una afición que se les había entregado incondicionalmente. Como aficionado a este hermoso deporte, me siento orgulloso de haber sido testigo de la gloriosa campaña de Detroit en 1968.
Ese año tuve la oportunidad de conocer el Tiger Stadium gracias a la bondadosa invitación de mi mejor amigo Rick y de sus padres, aficionados de hueso colorado al equipo orgullo de Michigan.
Me contagiaron su pasión, y dejé a un lado mi afición por los Dodgers de Los Ángeles para pintarme de rayas. Por ello quiero abundar en detalles de esa gesta gloriosa del equipo felino.
Bien vale la pena ponderar las hazañas personales de algunos de sus protagonistas. Entre ellos, el gran Bob Gibson, quien impuso en el primer juego el récord de 17 ponches (¡ouch!) en una Serie Mundial, recetando sus respectivos chocolatotes a los mejores bateadores de los Tigres: Dick McAuliffe (1), Mickey Stanley (1), Al Kaline (3), Norm Cash (3), Willie Horton (2), Jim Northrup (2), Bill Freehan (2), Don Wert (2) y Denny McLain (1, toque de foul con dos strikes).
Esta marca permanece incólume en la historia del mejor beisbol. ¡Cuéntenle, son 17! Pero la actuación más sobresaliente fue la hazaña de Mickey Lolich, quien se convirtió en el último lanzador en la historia que ganó tres juegos completos en la misma Serie Mundial, derrotando a los Cardenales de San Luis de la siguiente forma:
Juego 2, 3 de octubre de 1968, Tigres 8 – Cardenales 1
Juego 5, 7 de octubre de 1968, Tigres 5 – Cardenales 3.
Juego 7, 10 de octubre de 1968, Tigres 4 – Cardenales 1.
Proeza que no se ha repetido, aunque están las recientes actuaciones de Yoshinobu Yamamoto y Randy Johnson, pero ninguno de los dos lanzó los tres juegos completos.
Homenaje a los pitchers que han logrado esta gloria en la historia de las Series Mundiales.
Mickey Lolich, Detroit en 1968, tres juegos completos, tres juegos ganados, 27 entradas lanzadas.
Bob Gibson, San Luis en 1967, tres juegos completos, tres juegos ganados, 27 entradas lanzadas.
Lew Burdette, Bravos de Milwaukee, 1957, tres juegos completos, tres ganados, 27 entradas lanzadas.
Stan Coveleski, Cleveland, 1920, tres juegos completos, tres juegos ganados, 27 entradas lanzadas.
Red Faber, Medias Blancas de Chicago, 1917, tres juegos completos, tres juegos ganados, 27 entradas lanzadas.
Smoky Joe Wood, Boston Red Sox 1912, tres juegos completos en cuatro apariciones, tres juegos ganados, 32 entradas lanzadas.
Jack Coombs, Atléticos de Filadelfia, 1910, tres juegos completos, tres juegos ganados, 27 entradas lanzadas.
Babe Adams, Piratas de Pittsurgh, 1909, tres juegos completos, tres juegos ganados, 27 entradas lanzadas.
Christy Mathewson, Gigantes de Nueva York, 1905, tres juegos completos, tres blanqueadas, res triunfos, 27 entradas lanzadas.
Bill Dinneen, Boston Americans, 1903, tres juegos completos, tres juegos ganados con 35 entradas lanzadas. (En ese tiempo la Serie Mundial era a ganar 5 de 9 partidos.
Deacon Phillippe, Pigttsburgh, 1903, cinco juegos completos, tres juegos ganados, 44 entradas lanzadas.
Ell beisbol, como la vida, no siempre concede milagros. A veces, como en 1968, un equipo renace desde las cenizas y escribe una epopeya que perdura por generaciones.
Otras veces, como nuestros Pericos, el destino se cierra de golpe, sin importar el corazón, la entrega ni la esperanza de una afición que soñó con verlos levantar el vuelo una vez más. Pero eso es justamente lo que hace grande a este deporte: la certeza de que, en cualquier diamante, en cualquier ciudad, en cualquier temporada, siempre existe la posibilidad de una gesta inmortal. Y mientras haya memoria, habrá homenaje.
Mientras haya afición, habrá historia. Mientras haya beisbol, habrá honor.
Honor a quien honor merece.
